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“Estúpidamente falto de empatía. Tan inocente y a la vez tan mordaz”…
…Mi padre nunca dejaba de definirme en esas palabras. Me decía que mi vida iba a ser demasiado larga como para desperdiciarla pensando sólo en mí mismo. Y yo nunca pensé que se estuviera equivocando…, pero tampoco me molesté en entenderle. Para mí, la mayoría de las palabras en tono de advertencia y reproche que me dirigía mi padre resultaban tan sólo una gran suma de hipocresía ―por su propio pasado― e incomprensión ―por mi juventud―, de manera que nunca me sentí incentivado a cambiar mis motivaciones con el propósito de complacerle.
Para el tiempo en que empezó todo esto, exactamente en los días que siguieron a la traumática mudanza, yo era tan artificialmente feliz rodeado de mis frívolos placeres y mis fantasías profesionales que apenas me daba cuenta de…, de cuánta falta iban a hacerme todos los demás una vez que me marchara de la isla.
Mientras el coche atravesaba la calle principal de aquel barrio residencial tan común, yo no hacía más que golpearme metafóricamente el pecho y morderme literalmente los labios. No recuerdo exactamente qué era lo que estaba pensando. Tal vez pensaba en mí mismo, como casi siempre, o en Laura y los demás, para variar…
Una vez que mi padre hubo parado el motor, ya frente a la que iba a ser la sede de mi nueva vida ‘al vacío’, mi madre miró hacia atrás ―en un intento de convencerme de que no maldijera aquel día― con una mirada empañada de lágrimas. Yo simplemente negué con la cabeza y escuché como mi padre tiraba del freno de mano para después abrir su puerta y bajar del coche.
―Intentemos que esto no sea duro para nadie ―Me susurró mi padre, mientras mi madre buscaba la llave correcta para abrir por primera vez la puerta principal de la casa.
―Esto nunca será tan duro para ti como lo es para mí ―Le respondí, y sonreí al darme cuenta de que mi madre nos miraba.
―Tú accediste muy gustoso… ¿Ahora te has dado cuenta de que no vas a poder vivir sin tus amigos?
―No quiero exagerar las cosas ―De pronto, mi sonrisa se volvió genuina. Me pareció que mi madre merecía verme alegre y que mi padre tampoco merecía del todo lo contrario―. Aquí seré feliz, papá ―Añadí, y después entré corriendo en el chalé de fachada marmórea.
La casa ya estaba llena de cajas, cada una en su respectiva habitación bajo su respectivo precinto, y era muy grande; en ella habrían podido vivir dos familias sin ningún tipo de inconveniente…
…Nada más entrar, el visitante se encontraba en un recibidor de paredes color crema suave, con un espejo que ocupaba toda la parte frontal y un receptáculo mediano con motivos japoneses dorados inscritos sobre un fondo negro para adornar la entrada.
Partiendo de allí, hacia la derecha, empezaba un pasillo de unos dos metros en cuyo fondo había una puerta que daba paso a la cocina; una sala con unos cinco metros cuadrados de baldosines blancos y negros de mármol por suelo, perfectamente dotada con todo tipo de electrodomésticos. Algo que venía a ser el paraíso de todo cocinero y la pesadilla de cualquier limpiadora.
Volviendo al recibidor y tomando el pasillo izquierdo, que no pasaba del metro y medio, se llegaba al salón, que era, con diferencia, la estancia más grande de la casa y que constaba de todo tipo de detalles que, una vez colocados en sus posiciones, admirarían a cualquiera. Allí de momento sólo había un sofá de unos dos metros tapado con una manta roja y una voluminosa pirámide de cajas de cartón en uno de los rincones.
Mirando hacia la derecha desde la entrada del salón, estaba situada la puerta trasera de la casa que daba paso al otro jardín y, a su izquierda, la escalera negra de caracol que llevaba al segundo piso.
Al subir esas escaleras se accedía a un pasillo de unos diez metros de largo por dos de ancho que tenía cuatro puertas; dos en el lado de la escalera y las otras dos enfrente de la misma.
Las dos primeras puertas correspondían a la habitación de matrimonio y a la individual grande respectivamente. La tercera puerta, que estaba más cerca de la ventana que había al extremo izquierdo del pasillo, era la de la habitación de invitados, y la cuarta puerta daba paso al gran baño con hidromasaje y sauna del segundo piso; la principal atracción de la casa, la otra sala de tortura de la pobre asalariada que limpiaría el chalé.
Pero aún había otra puerta más al otro extremo de ese pasillo, al lado derecho. Era la puerta metálica vieja y oxidada que dejaba paso a la escalera del oscuro desván en el que nunca creí que entraría...
Mi madre recorrió con una emoción desbordante todas las estancias de la casa. El ambiente de allí transmitía una enorme indiferencia. Era como si de alguna manera la casa supiera que nosotros estábamos allí para quedarnos, pero no pensara hacer nada al respecto. Yo sí quería; mi familia no tenía la culpa de que yo me hubiera equivocado al pensar que no me dolería alejarme de la isla… Pero eso en parte era bueno. Era una motivación para empezar.
Cuando volvimos a reunirnos en el recibidor, mi padre me miró a los ojos, sonrió, tal vez en agradecimiento por mi esfuerzo, y me dio una palmadita en la espalda.
―Y bien, ¿Qué te parece? ―Preguntó de pronto mi madre, y yo no pude evitar encogerme de hombros, a lo cual mi padre frunció su infravalorado ceño.
―Bueno, pues te tiene que gustar, porque vas a pasar aquí muchos años ―Dijo después, en señal de reprensión.
―Ya... bueno, yo me voy a lo que quiera que sea mi habitación ―Contesté mientras me dirigía a la escalera de caracol tras coger mi mochila del suelo.
Para este momento yo tenía diecisiete años; era un niño: Mis ojos todavía eran grises, siempre encharcados y profundos… Al mirarme podías tener la sensación de que, aunque me estuviera riendo contigo, podía empezar a llorar en cualquier momento. Pero era ese tipo de mirada que, lejos de ser triste, transmite una enorme honestidad y una serenidad que roza lo desesperante...
…Diecisiete…
…A partir de ese momento, todo lo que pasara en mi vida iba a ser una constante sucesión de rarezas que cambiarían mi manera de ver algunos asuntos que hasta entonces había dado por sentado, como por ejemplo, el amor fuera de su marco romántico estúpidamente sobrevalorado o mi sentido de la responsabilidad y la madurez.
Lo primero que me sucedió fue que entré en mi cuarto, el que estaba al lado de la habitación matrimonial, y encontré encima de mi cama un sobre rojo cerrado.
Al acercarme pude distinguir más claramente unas palabras que había escritas en él:
"No te asustes, tenías la ventana abierta".
En un principio me sentí algo ofendido… Tal vez me llené de una inseguridad tremendamente acusadora al saber que alguien había usurpado mi intimidad cuando yo ni siquiera había podido llegar a establecerla. Era como si alguien hubiera conquistado mi cuarto antes de que yo lo ocupara.
Después de mirar a los lados ―como si pensara que el culpable iba a brotar del interior de las paredes…― abrí el sobre y saqué de él un folio cuadriculado que estaba escrito a mano con los inconfundibles caracteres redondeados de un colegial, un chico joven:
"Bueno, no hace falta que pienses en el por qué de esta carta. Es simplemente que nos gusta dar la bienvenida a la gente nueva del barrio de esta manera.
Probablemente la hallas encontrado en la alfombrilla de tu puerta, o tal vez decidamos lanzarla hacia una de tus ventanas... ya veremos. Yo me llamo Christian y estoy aquí con mi hermana Sofía. (Aquí quiere decir en mi casa)...
Bueno, no sé si eres hombre o mujer, chico o chica... Es más, ni siquiera sé si te agradará leer esta carta, pero bueno, de esta manera nos ahorramos eso de decirnos nuestros nombres y podremos pasar a saludarnos como si nos conociéramos de toda la vida. Así que ya sabes, si estos días ves por ahí a una chica que camina con la mirada perdida y el pelo castaño claro, acompañada por un chico más alto y muy parecido a ella... Seremos nosotros."
“La mirada perdida”, fue lo primero que pensé, y me reí ante la idea de ver a dos locos caminando de la mano hacia mí… Me gustaba tener la expectativa segura de un contacto humano próximo por excéntrico que este resultara, de manera que tomé rápidamente la decisión de salir de mi cuarto ―antes, incluso, de tener tiempo para regodearme en mi estúpida e injustificada tristeza― y encontrarlos.
Bajé corriendo hasta el jardín delantero y, al oír dos voces, quise tomarme algo más de tiempo para disfrutar de la sensación de placer que me provocaba el viento húmedo en la cara…
Estaba echado sobre la alfombra verde, mirando las nubes blancas y grises, esperando a que me llegase una gota de inspiración para comenzar una conversación… Pero el diálogo de los dos vecinos se me estaba haciendo cada vez más interesante que mis propios pensamientos. “cualquier cosa, con tal de dejar de hablar sólo”.
―Oye Christian... ¿Crees que puede haber algo más cautivador que estas nubes? ―Oí que dijo una suave voz femenina.
―¿Éstas en particular?... ―Respondió el aludido, y después guardó unos instantes de silencio en los que estuve a punto de tomar la palabra―. No estoy muy seguro ―Dijo por fin―... Es más, ni siquiera sé si una nube tormentosa puede llegar a ser cautivadora en algún sentido...
―¡Pues claro que sí!... Te quedas ahí tirado... sin poder mover ni un músculo... sólo intentando encontrarle forma a alguna de ellas...
―Pero si tú no las ves, Sofía.
―¡Cómo que no!... Bueno... me acuerdo de cómo eran ―Dijo finalmente la chica, con un hilo de voz triste, ansiosa de cambiar de tema.
―Creo que será mejor que entremos... ―Dijo inmediatamente él― Las vacaciones no dan para tanto y parece que empieza a nublarse de verdad.
“Algo más”, pensé de inmediato, “esto no es una conversación. Yo no he dicho nada. Ni siquiera me han visto” y, de pronto, como si de una respuesta del cielo se tratase, un rostro desconocido bloqueó el paso de la poca luz solar que me llegaba a los ojos. Era un rostro alegre, a la vez que cargado de una profunda melancolía; la expresión que suele reflejar una persona cuando tiene que guardarse la mayoría de sus sentimientos en el corazón: unos ojos marrones, muy claros y nunca abiertos del todo, unas ojeras tremendamente pronunciadas y una sonrisa acompañada de un brillo tenue y casi imperceptible. Era él.
―Mira, Sofía, hay alguien a quien también le gusta tirarse en el suelo ―Dijo, y miró a la joven, que se acercaba a tientas desde el otro jardín.
―¿Cómo es? ―Preguntó ella.
―Bueno... ―Christian se agachó aún más hacia mí, haciendo un gran esfuerzo por abrir completamente esos ojos tan apagados― No está mal... Tiene pinte de ser alto..., es moreno, de ojos oscuros, parece uno de esos chicos que buscan la felicidad tras una mudanza de cambio de estatus... ―“Vaya…”, pensé, “sólo se ha equivocado en una cosa”, después sonreímos todos y yo me levanté para saludar más apropiadamente.
―Perdona..., me llamo Sofía ―Dijo ella, sin despegar la mirada vacía de un punto intermedio entre mi pecho y el suelo.
―Ah, bien… ―Respondí tendiéndole la mano―. Entonces sois vosotros los del comité epistolar de bienvenida.
―¿Perdón? ―Dijo Sofía, sin devolverme el saludo.
―Sí. La carta por la ventana ―Añadí, sin darme cuenta de que aún tenía la mano extendida…
…Me resultaba tan difícil dejar de mirar el corazón de Sofía... Quiero decir… esa sonrisa, esas manos tan suaves que no se dignaba a dejarme tocar. Sus ojos eran como dos esferas de hielo llenas de reflejos diamantinos perdidos tras una fina capa de una hermosura natural y ajena.
―Yo soy Christian, su hermano ―Dijo finalmente el chico, rompiendo así mi momento de gélida hipnosis―. Puedes quedarte así todo el día ―Añadió, refiriéndose a mi mano estúpidamente extendida―, pero no te va a ver… Mi hermana es ciega.
―Ah, bueno, si es así.
Me acerqué un poco más hasta ella y estreché suavemente su mano derecha, que estaba muy fría y temblorosa. Ella sonrió y se sonrojó.
―Qué manos tan grandes ―Exclamó después, en un intento de disimular su vergüenza.
―Bueno... Ryan... ¿y qué te trae por aquí? ―Interrumpió Christian, mientras Sofía se manoseaba el pelo con su mano recién liberada.
―Mis padres, en un coche.
Los tres nos reímos.
―Bien, es un buen comienzo ―Dijo Sofía.
―Vamos a ser un poco más profundos ―Añadió Christian, remarcando cada palabra que dijo a continuación con un movimiento de la cabeza―. ¿Qué motivó a tus padres a hacer ese viaje en coche contigo?... ¿Un trabajo nuevo, una casa como esta?
―Más o menos lo de la casa ―Contesté, tras una pausa―. De todas formas es una larga historia.
De pronto, percibí algo de incomodidad en los gestos de los dos hermanos… Seguramente les di la sensación de que no quería que supieran los verdaderos motivos de mi mudanza.
―Está bien… ―Dijo él, al momento en que sentí caer una agradable gota de lluvia sobre mi mejilla.
―Lo que quiero decir ―me apresuré a continuar―, es que es una historia demasiado complicada como para contarla en mitad de un jardín, en un día lluvioso como va a ser este… Pero os prometo que estaré encantado de que nos veamos en otro momento, tal vez en mi casa, para contároslo todo con pelos y señales.
―También está bien ―Contestó Sofía―. Podríamos vernos mañana para que nos cuentes todo sobre ti.
―¿Todo? ―Inquirí, y después me reí ante un gesto de incomodidad de los dos.
―Lo que quieras ―Dijo por fin él―. Nosotros solemos bajar a estas horas para mirar las nubes ―Añadió después.
―¿De verdad? ―Pregunté, casi entusiasmado. ”¿Una chica ciega mirando las nubes?”, pensé después.
―Si, ya sé que estarás pensando ―Respondió Sofía― "¿Una chica ciega mirando las nubes, cómo?"
―No, bueno ―”¡dita sea!”― Yo pienso que… la imaginación es nuestro mejor sentido... Aunque sí me gustaría que me contaras el secreto.
―Me parece justo ―Confirmó el hermano―. Tú nos cuentas tu ‘complicada’ historia y nosotros te desvelamos el secreto de mirar las nubes con los ojos cerrados.
―Aunque también podemos hacer otras cosas ―Añadió Sofía―. Nosotros a veces vamos a la playa… o al centro comercial. Conmigo es bueno ir, ¿sabes?
―¡Sí! ―Interrumpió el hermano―. Sofía nunca se para a mirar los escaparates ―Dijo después, y los dos se rieron; él de mi gesto y ella, tal vez, de mi silencio.
Entonces, un rayo fugaz en el cielo dio paso a un trueno de tormenta de verano… y empezó a llover de verdad.
Christian cogió a su hermana de la mano y después ambos corrieron hacia su jardín mientras se despedían de mí con la mano y algunas palabras ahogadas por la carrera.
―¡Adiós! ―Me dijo ella.
―Nos veremos ―Dijo él, y después entraron en su casa corriendo.
“No está mal para empezar”, pensé, mientras me mojaba. “Aunque no he tardado mucho en volver a hablar sólo”.