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La primera tarde de lluvia en la casa nueva no iba a ser buena, no… Yo solía ser una de esas personas que creen justificable la desfachatez por la tristeza, y era precisamente esa ocasional conducta impertinente mía la que traía consigo la mayoría de los problemas que tenía en mi relación con mis padres.
Aquella tarde, tras el primer contacto con los hermanos vecinos, la pasé escribiendo mis poesías inéditas; había añadido tres composiciones más a una lista de más de doscientos poemas que, según mi deseo, sólo se leerían a partir del día de mi muerte…
Siempre que pensaba en eso me reía y me volvía a prometer que iba a dejar de ocultar esa faceta mía.
Finalmente, a las ocho de la tarde, me digné a abrir la puerta de mi cuarto. La luz del pasillo me cegó por unos instantes; no sólo había estado escribiendo poesías durante esas últimas tres horas, sino que también había dormitado sobre la alfombrilla, al pie de mi cama, mientras chupeteaba el bolígrafo bajo una tenue luz.
Después de estirarme placenteramente y frotarme los ojos en varias ocasiones, caminé lentamente hasta la escalera de caracol y bajé por ella a un paso aún más desesperante de observar; tenía en la mente y el cuerpo una sensación de laguna a corto plazo… esa idea de marearse y preguntarse qué es lo que ha estado haciendo uno durante los últimos treinta segundos. Luego lo recuerdas y te olvidas de los otros últimos veinte… hasta que por fin la vista se aclara, la nube de alegres colorines desaparece y logras dar pasos más firmes: Eso es el azúcar.
Cuando llegué a la cocina, la cena ya estaba servida. En mi lugar de la mesa había un plato humeante de pasta con queso.
Priscila ―mi madre― era una mujer que, pese a nuestra acomodada posición económica, nunca se había acostumbrado a que le hicieran la comida y, por otro lado, Dirk ―mi padre― siempre había preferido la gastronomía conyugal…, de manera que la futura empleada doméstica no tendría que poner para nada las manos sobre la vitrocerámica a no ser que se le encargara limpiarla. A mí, por lo poco exigente que era mi estómago, me importaba más bien poco el asunto de la cocinera…
Después de sentarme a la mesa ―donde ya estaban todos antes que yo―, mis padres empezaron a comer, mientras yo miraba con ansia mi plato y decidía por qué lado iba a atacar primero.
―Tenías hambre, eh ―Dijo mi padre, sorbiendo un espagueti entre risas.
―¿Por qué lo dices? ―Le pregunté, mareando el plato con la mirada.
―Bueno, has bajado a comer sin que nadie te llamara.
―Ah, bueno ―al fin me decidí por un lado del plato, clavé el tenedor hasta el fondo y enrollé en él cuantos espaguetis pude―, el otro día tú mismo me dijiste que empezaríamos a cenar a las ocho ―Dije finalmente.
Después de la introducción a la cena ―porque mi familia tenía ámbitos que se dividían en etapas, como una telenovela―, pasaron unos minutos durante los cuales permanecimos todos en silencio. Teníamos muchísima hambre después de hacer un viaje tan largo…: Una hora de avión desde la isla para llegar al aeropuerto internacional más cercano, luego otras diez hasta la ciudad nueva, media hora en autobús hasta el lugar al que llegaría nuestro coche… y, por último, otra hora más hasta la zona residencial…
―Hace frío aquí, ¿No? ―Intervino por fin mi madre.
―Es normal mujer, ha caído una buena ―Respondió mi padre, más bien por evitar un silencio incómodo, y después siguió comiendo.
―¿Qué has estado haciendo, Ryan? ―Me preguntó luego a mí Priscila.
―Nada ―Respondí, sin levantar apenas los ojos.
―¿Nada?
Mi madre estaba molestamente empeñada en que, justamente en el día de más hambre, mantuviéramos una conversación durante la cena…
―Nada del otro mundo, no.
Yo tenía que cumplir también. Debía responder para que no se enfadasen conmigo.
―Pues mañana harás algo ―Enunció mi padre―. Ayudarás a Estrella con las cajas
―¿Estrella?..., ¿Quién es esa?
Ya tengo que reconocer que me estaba poniendo algo borde; tenía demasiadas ganas de comer y muy pocas de hablar…
―Esa, Ryan ―Continuó mi padre, aún más irritado que yo―, es la mujer que se va a encargar de las tareas del hogar a partir de mañana.
―Ah, bien.
―¿No puedes ser un poco más cívico, hijo? ―Exclamó mi madre.
―Tenemos que hablar más… como una familia ―La secundó mi padre, sin mucho convencimiento―. Y si no quieres hablar, vete a cenar a tu cuarto.
Esa sí que fue una frase en un mal momento…, una exhortación más que atrayente en unas circunstancias extremas para mí; tenía tantísima hambre… y mi madre sólo me había dejado comerme dos bocados de su suculenta cena.
Cuando mi padre acabó su inoportuna frase, yo tenía el tenedor en la boca llena y estaba inclinado sobre mi plato. Lo siguiente que hice fue levantar la vista ―no la cabeza―, mirar a los ojos de mi madre, que se mantenía en silencio y con gesto suplicante, y después echar un vistazo rápido a mi padre, que casi se reía.
Al final me levanté sin mediar palabra. Tampoco mis padres dijeron nada ―lo cual era una terrible e inequívoca señal de bronca futura― y se quedaron mirándome mientras subía a mi habitación con el plato de pasta entre las manos.
Cuando llegué arriba abrí lentamente la puerta de mi cuarto, la cerré tras de mí sin hacer ningún ruido y, finalmente, me senté en al suelo con la pared como respaldo y el plato de pasta a un lado. “Qué he hecho, qué he hecho”, me repetí durante un buen rato… y luego me reí.
Pero antes de volver a comer ―algo ciertamente contradictorio― quise abrir mi mochila para ojear un poco las cosas que había dejado por encima, de manera que me acerqué hasta mi cama, la cogí, la abrí, y lo primero que me encontré fue nuestra foto; la foto en la que aparecíamos todos: Laura, Davey, Carlos y yo, durante la época en la que Laura todavía salía conmigo. A los quince años.
Davey era un chico inglés que había llegado a mi colegio cuando yo estaba en quinto de primaria. Un espíritu libre lleno de buenas intenciones acompañadas de actos incomprensibles hasta su total desarrollo. Un verdadero amigo que me había hecho mucho más fácil cualquier mal trago que yo hubiera podido pasar: Como cuando se me murieron dos perros en un año, como cuando repetí el último curso de la secundaria obligatoria o como cuando me di cuenta de que Laura había empezado ―por una o varias razones desconocidas para mí― a intentar disimular la manera en que me quería… y a convencerme de que ya “sólo” deseaba ser mi mejor amiga.
Todo lo que rodeaba a la amistad entre Davey y yo era un halo de comprensión no verbal que fascinaba a cualquiera que se acercaba a nosotros. Incluso a mi padre, quien en ocasiones se había referido a nuestra relación como “una increíble manifestación de simbiosis humana”; una palabrería ejecutiva llena de sentido.
Y yo ya había recibido reiteradas advertencias por parte de mi madre de que, en muchas ocasiones después de la mudanza, iba a tener la impresión de que estaba solo, de que ya nada valía la pena sin toda mi gente, no sólo Davey y Laura, sino también Carlos, el hermano de ella, y Marie, una encantadora joven francesa que también había abandonado la isla hacía unos meses.
Finalmente, y de manera inevitable, todo aquel cúmulo de recuerdos hizo de mí en aquella noche un simple muñeco humano que se encontraba tirado en su propio suelo, sumido en su propia añoranza egoísta… y así pasé toda la noche. Por extraño que me pareciera, nadie intentó entrar en mi habitación para forzar mi intimidad o atacarme con preguntas llenas de insensibilidad que acarrearan una mala respuesta por mi parte.
En cambio, lo que sí recuerdo fue que mi padre entró en mi habitación cuando ya estaba amaneciendo, recogió mi plato del suelo, se inclinó ante mí ―a sabiendas de que estaba despierto por su presencia― y me susurró al oído: “No te preocupes. Cuando un Stealh tiene hambre, no hay conversación que valga. Te dejo el plato en la cocina”.
Cuando por fin volví a despertarme fue porque mi madre me estaba zarandeando suavemente tras haber levantado mi persiana.
―¿No crees que exageraste un poco, hijo? ―Me susurró al oído―. Al final ni siquiera te comiste la cena.
―No es eso... Es que tenía mucha hambre… pero me quedé dormido pensando.
―Pues no deberías pensar tanto. Tu padre y yo te queremos, queremos lo mejor para ti, y…
―Por favor, mamá ―interrumpí, poniendo mi mano sobre su mejilla―, ya ha amanecido. Deja que pase por este día.
―Está bien ―contestó ella, tras una pausa―. Entonces levántate ―Añadió, con rostro melancólico, mientras me estrechaba la mano.
Esperé a que pasaran algunos segundos de silencio. Segundos de esos en los que mi madre necesitaba mirarme a los ojos para verme hasta el corazón… y yo la dejaba, ella veía que mi interior estaba relativamente bien… y se quedaba algo más tranquila, aunque nunca se despreocupaba.
―¿Qué hora es? ―Pregunté tras ponerme en pie.
―Son las doce. He venido porque tu padre me pidió que te despertara en cuanto llegase Estrella... y además ella está reclamando tu ropa interior.
Con esa frase hice un pequeño esfuerzo por sonreír. Mi madre se rió más genuinamente, después salió de la habitación y yo me quedé buscando algo de ropa limpia para meterme en la ducha.
Algo que hizo las delicias de mi cuerpo en aquella casa fue que en el baño del segundo piso había bañera en vez de plato de ducha ―aparte del hidromasaje―, pero sobre todo, que en esta había una ventana con un cristal translúcido que al abrirse mostraba toda la calle principal dejando la esporádica posibilidad de echar un chorrito de agua a cualquier viandante o turista despistado que pasara por allí, para después esconderme de nuevo tras el vapor.
Y fue en aquel primer día de ducha caliente cuando, tras abrir la ventana, observé a los dos hermanos del día anterior tirados sobre su césped mirando hacia arriba. Y resultó de lo más extraño, ya que normalmente es el pirado pervertido el que espía a la mujer hermosa mientra esta toma un baño e ignora que la están observando… Pero esta vez era el pirado ‘pervertido’ quien se estaba bañando, y fue el ‘pirado’ quien se regodeó extasiado ―aunque con toda inocencia― en mirar a la chica hermosa que estaba en el jardín:
Ella tenía realmente unos ojos preciosos. Tal vez porque no estaban desgastados por la tristeza expresiva de quien lo ha visto todo; ella no había visto nada, o muy poco. Y no solo eso, sino que todo su cuerpo parecía una oda perfecta a la belleza absoluta que reflejaba una enorme serenidad creativa:
Su pelo, su tímida pero omnipresente sonrisa que iluminaba aún más aquel día por fin soleado y sus manos... suaves, también serenas y contentas a pesar de la oscuridad del
paisaje que no alcanzaban a contemplar del todo.
Tan impresionante fue la visión para mí, que en un principio apenas noté que el agua de la ducha había alcanzado una temperatura ni mucho menos sana que me estaba enrojeciendo la espalda… y finalmente, tras un grito muy femenino, logré salir de la ducha de un salto y me vestí lo más rápidamente que pude para bajar al encuentro de los dos hermanos pero, sobre todo, de la hermosa chica que me había provocado esa leve quemadura.
Corrí cuanto pude por los pasillos de la casa, saludé a la criada, me despedí de mi madre, salí al jardín, me senté en la hierba y esperé... pero no vino nadie para taparme de nuevo la luz del sol.
“No deben de haberme visto”, pensé tras casi dos minutos de espera. “No pasa nada”, me dije luego, y esperé cinco aburridos minutos más.
―Hoy si hace buen día, eh...― Dije finalmente, pero no hubo respuesta.
“Esto es ridículo. Si uno quiere saludar, saluda”, pensé, reprendiéndome a mí mismo, y luego me levanté rápidamente para mirar al otro lado de la cerca…, donde ya no había nadie…
…Tras la decepción inicial, se me ocurrió llamar a la puerta y presentarme allí como el nuevo vecino ―el hijo de otra familia asquerosamente rica― y decir “hola, ¿Está su hija?”, pero mejor decidí volverme a casa y desayunar... lo que no había cenado.
Al entrar de nuevo, me encontré primero con mi madre.
―¿Dónde estabas?― Me preguntó, aunque no reflejaba un interés muy genuino por saber la respuesta.
―Eh... había salido a... a ver las nubes un poco... ―Respondí, aún sabiendo que se notaría que era mentira y que, no obstante, mi madre disimularía que lo había notado―. Parece que hoy hará un buen día ―Concluí, con una sonrisa.
―¿Las nubes?... ―Resaltó ella, para después iniciar una de sus profundas y tediosas narraciones reflexivas―. Igual que esos dos ‘niños’ de la casa de al lado. A veces se pasan toda la tarde mirando las nubes. Me lo dijo su madre esta mañana. Hablé con ella al salir al supermercado, ¿sabes? y me ha contado que su hija, la pobre, se quedó ciega a los seis años... Once años sin ver nada... y que ahora que lo pienso no sé como ve las nubes...
―Ya... ―La mención de Sofía en una conversación con mi madre me empezaba a resultar incómoda, de manera que quise cambiar drásticamente de tema― ¿Y que hacías tú en el super? ―Le pregunté― ¿No tendría que ir... Estrella?
―Bueno, ¿Qué voy a hacer yo sino? No quiero empezar a comerme las uñas como esas ricachas que andan por el barrio sin nada que hacer.
Otra respuesta llena de la exquisita clase de mi madre…
―¡Diga usted que si señora! ―Exclamó, de pronto, una robusta mujer de mediana edad y rasgos latinos, mientras bajaba las escaleras con una cesta de ropa entre manos― Que esas gentes no tienen nunca nada en que ocuparse y así se acostumbran... Ándele chamaco ―Inició, mirándome seriamente a los ojos― Súbame esas cajitas de ahí, que así se acostumbrará a trabajar un poco.
―¿Chamaco? ―Protesté, en un susurro burlesco.
―¡Muévale! ―Exclamó la señora, a lo cual mi madre soltó una carcajada y movió la cabeza, secundando la orden de la criada.
―Vale... ―Contesté, fríamente resignado.
Una vez arriba, los dos entramos en la habitación matrimonial y nos pusimos a doblar y colgar camisas mientras Estrella me hacía algunas preguntas que, en un principio, no iban más allá del interés por conocerme.
―Bueno, entonces ¿como le va por aquí? ―Me dijo primero.
―¿A mí?... No lo sé, Estrella, llevo un día y medio en esta casa, así que tampoco puedo sentir muchas cosas... digo yo.
―No, no... a mí no me puede engañar chamaco ―Rechistó la mujer, dejando a un lado una camisa para mirarme fijamente a los ojos― que yo ya soy madre hace mucho rato
y sé cuando un muchachito la pasa mal.
―¿Ah si?... ¿Y cómo lo haces? ―Le pregunté, con un mínimo de curiosidad.
―Eso se ve con las primeras caras... Y yo no le he visto ni una sonrisa desde hace que estoy aquí. Ni unita, por falsa que sea, ni para quedar bien ni nada. Y eso quiere decir que usted tiene algo dentro que no le deja expresar nada más que tristeza y melancolía… Pero yo no pienso que usted sea uno de esos muchachitos antipáticos hijos de ricos.
Aquello había sido mucho más doloroso que todo lo demás; que la empleada doméstica me dijera exactamente lo que me estaba pasando y después regresara a su camisa a medio doblar como si nada… indicaba que mis sentimientos no eran, ni mucho menos, tan complicados como yo los había creído.
Me quedé tan avergonzado que me enfadé, y me enfadé tanto que lo único que se me ocurrió hacer fue salir de allí antes de que Estrella me dijera una sola palabra más y yo tuviera que pedirle que dejara de meterse en mi vida...
―Oye, perdona… ―Le dije, educadamente, aunque con cierta aspereza―, pero es que tengo que desayunar, ¿vale?... me voy... a la cocina, pero gracias de todas formas, de verdad.
Y después me fui levantando poco a poco de la cama para salir de la habitación mientras Estrella no paraba de reírse...
…En ese sentido ella era algo parecida a mí, ya que cuando yo tenía una opinión, crítica o sugerencia, no me la guardaba y dejaba que las cosas siguieran su curso... Antes bien, la divulgaba en el volumen que fuera necesario y de la manera que fuera precisa para que la persona en cuestión me escuchara y tomara acción.
Sin embargo, en ese momento yo no estaba de humor para escuchar comentarios ajenos atinadamente impertinentes.
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