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La cocina me llamaba… Era inevitable que de una u otra manera mi cuerpo me pidiera que lo alimentara, sobre todo teniendo en cuenta que ya casi habían pasado veinticuatro horas desde que había tomado la última comida completa.
Lo primero, después de escabullirme de Estrella, fue bajar las escaleras hasta la cocina asegurándome de que mi madre no me viera, ya que se suponía que en los primeros días tras la mudanza yo tendría que pasar la mayor parte del tiempo ayudando a sacar todas nuestras cosas de todas nuestras cajas ―que eran muchas― para colocarlas después en su sitio… Y yo tenía pensado hacerlo, pero primero tenía que alimentarme, y si mi madre se daba cuenta de que yo ya no estaba ayudando a Estrella, seguramente encontraría cualquier otra tarea que encomendarme.
Una vez que comprobé que la cocina estaba despejada, saqué mi plato del microondas ―donde lo había dejado mi padre― y me senté en la mesa sin dilación alguna. De nuevo me encontraba ante la posibilidad de saciar mi hambre sin ningún estorbo, así que, con mucha emoción, cogí uno de los pocos tenedores que habíamos sacado de las cajas de la mudanza ―los que mis padres habían usado la noche anterior para comer― y lo clavé en el pegote de pasta que era ya mi cena…
…Un pegote… Un pegote... Un pegote frío.
“Tengo que calentar un poco esto”, pensé, intentando no perder la paciencia, y después metí otra vez el plato en el microondas para observar atentamente como giraba sobre sí mismo durante dos sempiternos minutos mientras una lucecita hacía salir humo del queso de los espaguetis.
“Por fin”. Si había que hacer algo más antes de comer, en ese momento lo olvidé. Lo único que hice fue volver a introducir el tenedor en el pegote ya disuelto y llevármelo a la boca lleno. Mastiqué una vez, dos veces, tres, cuarenta, con toda la parsimonia que aconsejan los médicos, pero sin tragar. Solamente regodeándome en el placer de comer a solas, sin conversaciones ni broncas sin fundamento…
…Hasta que alguien llamó a la puerta.
“¡Ahora debe de ser un castigo por no tragar rápido!”, exclamé en mi mente, y luego envié el bocado de espaguetis a lo más profundo de mi estómago mientras oía como mi madre bajaba las escaleras para abrir la puerta.
“Voy a seguir comiendo como si nada, pase lo que pase”, me dije, en el momento en que mi madre giraba el picaporte. Me llevé otro bocado de pasta a la boca y me dispuse a tragarlo, pero…
―Hola... señora ―Dijo, de pronto, la voz del cuerpo causante de la quemadura de mi espalda―. ¿Está Ryan?
―Eh... si, claro, ahora mismo le digo que venga ―Respondió mi madre, notablemente incómoda por el hecho de que la llamaran ‘señora’, y entonces mi último bocado de la mañana se deslizó penumbrosamente hacia las sombras de mi interior…; por culpa de Sofía; Sofía y sus ojos; Sofía y sus manos tan suaves de ver, que ahora venían a visitarme a mí.
Me levanté de la mesa en un gesto increíble que dejó mi plato girando pero sin derramarse y mi silla balanceándose durante unos instantes sobre una sola pata; una de esas cosas que sólo pasan cuando nadie está mirando. Después ―cuando llegué al salón y mi madre pudo verme―, reduje mi ritmo frenético de respuesta a la llamada para así evitar malos entendidos sobre mi actitud hacia Sofía. (Que en realidad habrían sido “buenos entendidos”, pero que yo, al fin y al cabo, no quería que se entendieran).
―Oh, mira, ya está aquí ―Dijo mi madre, lanzándome una mirada llena de pensamientos inapropiados en segundo plano―. Os dejo ―Añadió, para después marcharse por las escaleras.
―No esperaba que vinieras, ¿Cómo estas?― Pregunté, frotándome las manos en la camiseta para limpiarlas.
―Vengo para llevarte conmigo, bueno, con nosotros ―Sofía parecía aún más incómoda que en la tarde anterior―. Mi hermano baja ahora mismo... ―Era como si su corazón no quisiera estar allí, en mi casa, en ese preciso momento…― Está mirándose en el espejo, ¿sabes?... por eso… ―Sofía no dejaba de señalar simultáneamente hacia la puerta cerrada de su casa y hacia algún lugar del interior de la mía; primero con una mano, muy nerviosa, levantada y temblorosa; luego con la otra, igualmente inquieta― Bueno, tardará porque quiere verse bien, no sé. Yo, en cambio...
―Tú estás muy bien así ―Interrumpí finalmente, y Sofía respiró con más calma.
―Gracias― Dijo después, regalándome una sonrisa de su jardín de alegrías inexplicables.
―¿Quieres pasar? ―Le pregunté, no sin antes deleitar mi vista en sus labios al natural y, no obstante, fulgurantes de color rojo.
―No, preferiría que esperásemos en el jardín... no me gusta entrar así de repente sin conocer a nadie de la casa...
Una mala excusa. “No sé, tal vez no quiere sentirse más incómoda todavía”, pensé, indiscretamente, y vi como Sofía volvió a sonreír.
―Bueno, me conoces a mí… Pero como quieras... ―Dije finalmente, disimulando con una cálida sonrisa un gesto leve de reproche que, en todo caso, Sofía no pudo ver.
Después de eso, los dos salimos al jardín y nos quedamos parados el uno junto al otro bajo el sol, con la molesta sensación de tener un par de ojos indiscretos clavados en mi nuca; Los ojos de Estrella, quien nos observaba desde la ventana de la habitación de mis padres.
―Nos ha hecho buen día hoy, ¿No crees? ―Inició de nuevo Sofía, tras guardar unos segundos de contemplación vacía.
―De verdad… ¿Cómo lo sabes?― Pregunté, terriblemente asombrado.
―¿Qué cómo?... ―Sofía hizo una pausa bastante molesta para clavar sus ojos perfectos en los míos. Y durante la pausa levantó las cejas realizando un pequeño movimiento semicircular con sus pupilas; me estaba reprochando mi ingenuidad, me miraba como si realmente pudiera verme, pero yo sabía que no era así ―Cierra los ojos ―Exclamó después―... Venga, ciérralos.
“¿Cómo puede saber que no los he cerrado?”, me pregunté, muy seriamente, y acto seguido otra exclamación ansiosa de Sofía me hizo obedecer su petición con más miedo que ganas de experimentar.
―¿Y ahora qué se supone que tengo que hacer? ―Le pregunté, con una media sonrisa de incredulidad.
―Calla... calla y levanta la cabeza al cielo...
―Está bien.
“Está bien, sí. Si no le obedezco es capaz de…”
―¿Qué sientes? ―Me preguntó Sofía, interrumpiendo de nuevo mis inmaduros pensamientos, y de pronto, una bombillita casi literal se encendió en algún lugar de mi inquieta mente que se encargaría de hacer funcionar mis sentidos en todo su esplendor.
―Calor... un calor suave… y siento como corre el aire ―Respondí, muy emocionado, aunque sólo fuera por dentro.
―¿Y no sientes las sombras de las nubes sobre ti? ¿No sientes que hace un poco de frío cuando el Sol se oculta tras ellas?¿Y que me dices de los pájaros?... Si lloviera no cantarían así... es muy armonioso oírlos...¿No lo crees?
―Bueno… ―Sofía acababa de dejarme desconcertado. Había tirado por tierra todas mis esperanzas de tener una perfecta primera experiencia como ‘observador’ invidente ―Lo que creo es que me falta práctica― Concluí, exagerando un poco mi decepción con el tono de la voz...
…Entonces, sólo unos segundos después, mientras yo aún seguía con los ojos cerrados fijos hacia el cielo, ella se giró hacia mí y empezó a palparme el pelo, la cara, hasta los hombros… Y lo hacía muy suavemente, pero con firmeza.
―Me gusta tu pelo... ―Dijo primero― Lo tienes un poco largo, pero te hace parecer una persona muy natural... es como si estuvieras despeinado, pero te queda bien. Serías un buen ciego, ¿sabes?
En realidad estaba despeinado, y mucho, porque mi manera de peinarme era no hacerlo nunca bien del todo.
―Y tienes manos de pianista... ―Añadió Sofía― Pero no te he oído nunca tocar el piano.
―Estoy intentando dejarlo ―Bromeé, por no quedar mal ante tan exacta descripción.
―Mentiroso. Tú no tocas el piano, tú escribes cosas; cosas muy bonitas... y con ese pelo seguro que es poesía, o música de un tipo más bohemio…
Por fin, Sofía me quitó esas acusadoras manos tan bellas de encima. Y después de liberarme, sin dejar de sonreír, volvió a dirigir sus ojos hacia las nubes.
Mis primeras conclusiones sobre la impresión que le habría podido causar iban a ser, inevitablemente, erróneas… pero ya las tenía: Primero, Sofía me había dicho que yo sería un buen ciego tras hacer alusión a mi pelo. “O sea, que le he parecido feo o descuidado”, pensaba yo, en esos primeros minutos de libertad posteriores al análisis. Y después, tras relacionar mi pelo con mis posibles gustos musicales, Sofía había afirmado claramente que yo le parecía un bohemio. “Un vividor”, me dije, exactamente. “Tal vez una rata de cuarto oscuro y guitarra”, cuando lo cierto es que la música alternativa nunca había formado parte de mi personalidad, sino más bien de mis ratos libres, que eran pocos.
“Ahora me toca a mí”, afirmé en mi avergonzada cabeza, justamente antes de ir al grano.
―Dime... ¿Qué fue lo que te pasó?
Sofía agachó la cabeza.
―Fue hace once años... Normalmente no le cuento esto a nadie ¿Sabes?...
―No te preocupes, si no quieres hacerlo estás en tu derecho.
Pero yo quería saberlo. Me parecía que tenía el derecho a hurgar en la causa de aquel factor tan importante en la conversación que Sofía y yo estábamos teniendo. No paraba de decirme a mí mismo; “tengo derecho, tengo derecho… Ella ya ha allanado la intimidad de mi personalidad”.
―No, sí que quiero ―Consintió finalmente Sofía, a lo cual yo suspiré torpemente aliviado―. Creo que eres una persona que se gana fácilmente la confianza de las demás, incluso la mía. Y eso que los ciegos somos muy desconfiados...
…Todo ocurrió en una noche en la que habíamos salido de excursión a la playa.
Estábamos celebrando el fin de curso, como siempre; porque por esos años todavía no éramos ‘ricos’, así que mi madre podía pasar la mayor parte del tiempo con nosotros cuando mi padre estaba trabajando y aún vivía en casa.
Aquella tarde la habíamos pasado entre el agua y la arena. Corriendo, nadando, incluso cantando... Éramos muy divertidos como familia.
Cuando oscureció hicimos una fogata a la orilla del mar y empezamos a asar nubes de caramelo clavadas en ramitas de árboles. Yo siempre había querido hacerlo, era, por decirlo así, el sueño de mis seis años de vida.
Para ese tiempo, mi hermano ya no estaba con nosotros; lo habían enviado a estudiar arte en el extranjero… con sólo siete años, ¿sabes?
Pues después de comerme unas cuantas nubes, me levanté un momento porque necesitaba ir a saciar otro tipo de necesidades, ya sabes, estaba bien hidratada… Así que, después de convencer a mis padres para que me dejaran irme sola, caminé hasta un descampado rodeado de árboles que había cerca de allí.
En ese momento Christian efectuó un alto en la historia de Sofía al salir de su casa y atravesar de un salto bastante llamativo la verja de los jardines. Ella se limitó a tocarle la mejilla ―áspera de una barba-lija muy descuidada― para comprobar que, sin ninguna duda, era su hermano. Después continuó serenamente con su narración.
―Llevaba un rato dando vueltas como un animal, buscando un lugar en el que descargarme ―Otra pausa me sorprendió; Sofía se estaba secando unas tímidas lágrimas que habían empezado a brotar de sus ojos entristecidos― No sé de donde salió, de verdad, ahora vas a pensar que estoy loca… ―Eso no sonaba bien― Pero una roca enorme cayó delante mí. Era como un meteoro plateado y resplandeciente. Y no me mató, ¿sabes?... Pero fue lo último que vi, porque después me desperté en un hospital con los ojos vendados y sin saber qué me había pasado… Yo creía haberme desmayado, pero mis padres me dijeron que me habían encontrado sentada en el suelo llorando unos minutos después de oír una fuerte explosión a pocos metros de la playa.
―Yo me enteré al mes siguiente ―Intervino, de pronto, Christian―. Recuerdo que un martes después de comer me pasaron una llamada sin decirme de quién era… y una voz muy familiar me dijo; “hijo, tu hermana ha tenido un accidente”.
Y así también, tan fácilmente, todo el asunto de la hermosa vecina misteriosa… perdió la gracia para mí; porque no solo me acababan de contar una historia totalmente inverosímil sino que además ese cuento le había quitado por completo el encanto a la escena del jardín y el día soleado.
Yo no sabía que decir, ―de verdad, ¿qué podía decir?― ni siquiera sabía si debía decir algo. Empecé a tener sudores fríos y me parecía que el corazón se me iba a acelerar hasta salirse de la órbita de ese lugar tan seguro de mi interior en el que debía de estar anclado. Y las manos tampoco se salvaron del estropicio; temblaban y palidecían al mismo ritmo al que lo hacían mis piernas…
…Todo eso hasta que Sofía, con su perpetua sonrisa en los labios, me cogió de la mano otra vez y me dirigió unas palabras que, con toda seguridad, derivaban de su mala interpretación de mi exagerada reacción.
―Eh... si yo lo superé... tú también puedes ―Dijo, y me apretó con fuerza, mientras el semblante de Christian se tornaba blanquecino y extrañamente agresivo.
“Una entre millones”, pensaba yo, mientras caminábamos hacia la parada del autobús sin ni siquiera haber avisado a mi madre de mi partida; Sofía quería que yo conociera el centro de la ciudad, incluidos todos los lugares que ella ‘tanteaba’ habitualmente.
“Las probabilidades de que ‘casi’ te caiga un meteorito encima son… de una entre millones”, y entre ese pensamiento, Sofía me volvió a apretar la mano con una sonrisa en los labios. “Pero que, además de eso, sobrevivas…, que ella sobreviviera… No puede ser”, me dije finalmente, y le devolví el apretón a Sofía para disimular mi estupefacción.
Después de que nos sentamos en la parada del autobús ―vacía y sofocante debido al sol normal del verano―, el silencio nos permitió disfrutar de su forzosa presencia durante el tiempo suficiente para que yo me diera cuenta de que los gestos de Christian delataban que se sentía molesto por la manera en la que Sofía me apretujaba sin apenas conocerme. Y yo no pensaba diferente; sí, debía molestarme… Pero Sofía era tan cálida, tan cercana, y sonriente…, y hermosa.
―De verdad, puedes decir lo que quieras ―Me dijo por fin, al tiempo en que el autobús aparecía por el final de la avenida.
―Pues... no sé, Sofía. Hay cosas difíciles... de...
―¿De creer? ―Atisbó ella.
―De asimilar ―Concluí, y Christian resopló agriamente.
―Tú no te preocupes, Ryan, desde todo aquello hemos cambiado de casa una infinidad de veces ―Por fin Sofía soltó mi mano, aunque lo hizo únicamente para numerar algunos datos valiéndose de sus hermosos dedos finos poblados de anillos de plata muy delgados y planos―. Primero nos fuimos a treinta kilómetros de allí, luego a cuarenta, después a cincuenta, en fin…
“¿Y a que viene eso?”, me dije.
―Todo esto viene a que la gente con la que nos topamos en los barrios nuevos siempre nos ve como niños raros. Y no es por la historia; no es porque yo sea ciega...
―¿Entonces? ―Pregunté, admirado porque pareciera que Sofía me había leído el pensamiento, y ella, sin embargo, agachó la cabeza sin darme respuesta alguna.
―Lo que Sofía quiere decir ―Empezó a decir Christian― es que no le caemos bien a nadie.
“¿Y ya está?... No”. Eso no podía ser todo. Christian y Sofía me estaban ocultando algo… Y, desgraciadamente para mí, mi subconsciente ardía en deseos de saberlo.
―Mirad, chicos... ―Inicié, titubeante, con el objetivo de dejar el tema a un lado y retomarlo en un momento más oportuno para descubrir cosas nuevas― a mí no me importa de dónde vengáis... quiero decir que no me importa lo que la gente pensara de vosotros antes... a mí me caéis muy bien, de verdad ―”No sé, tal vez con esto se olviden por ahora”, me dije con esperanza―. Y de hecho, si no fuera así, no estaría cogiendo este autobús con vosotros para ir a la ciudad habiéndoos conocido ayer. Para mí sois lo mejor que me ha pasado en…, en estos últimos dos días, sois diferentes, por Dios, ¿qué ciego se tira en el suelo a ver las nubes?
―¡Está bien, está bien! ―Exclamó Sofía, abrazándome muy emocionada, después de lo cual subimos al autobús sin mediar más palabras hasta que nos hubimos sentado…
…Porque en el interior aguardaba una calma frágil. Una sensación de alivio a cualquier cosa que se rompía por el hecho de que todos los pasajeros nos observaran detenidamente y con gestos temerosos de desaprobación.
―¿Ves a aquella señora de allí? ―Dijo, de pronto, Sofía, sin señalar a ninguna parte ni desviar sus ojos de mi pecho― La que está sentada detrás del asiento del conductor.
―¿Una señora mayor de gabardina roja? ―Pregunté, sumamente impactado por el atisbo de visión de Sofía.
―Esa señora hace este trayecto tres veces al día, los siete días de la semana, para ver a su hijo, que está en coma en el hospital.
―Pues te está mirando ―Susurré, algo inquieto―, y parece muy incómoda por que estés aquí.
―Lo sé. Pero no tengas miedo. Ella no nos hará daño.
La conversación ―agraciadamente― no fue a más. En esos momentos me estaba dando la sensación de ir viajando junto a una loca… Tal vez el tipo de persona que cuando envejece llega a ser la típica mujer desquiciada por los gatos que tienen todos los barrios.
Christian se pasó todo el trayecto mirando por la ventanilla del autobús con ojos melancólicos y serios. Yo, por mi forzosamente modesta parte, no tenía ganas de escarbar más en el pasado de Sofía, quien se agarraba a mí con cada vez más fuerza, con el empeño de no soltarse nunca, o de que yo no me librara jamás de ella.
Así que, por fin, tras unos largos, agobiantes y tediosos minutos, el autobús nos dejó en el centro de la ciudad, donde los tres pasamos toda la tarde manteniendo el mismo esquema de actuación; Sofía anduvo durante la mayor parte del tiempo abrazada a mí ―una postura muy incómoda, pero muy bonita de ver―. En un principio pensé que tal vez ella necesitaba caminar así para no perderse o para no tropezar, pero más tarde observé dos matices que me llevaron a sospechar, de manera acertada, que Sofía quería algo más de mí que simplemente guía o ayuda.
El primero de estos matices tuvo lugar a las tres de la tarde, hora a la cual entramos en la prestigiosa floristería "Hearts´n roses" . Esta se situaba en un establecimiento enorme, que constaba también de un gran almacén y que estaba lleno de estanterías muy altas que formaban entre ellas una infinidad de pasillos sin seguir ningún tipo de orden o patrón.
Aquel lugar era un auténtico laberinto para cualquier visitante y, lógicamente, era un lugar casi impenetrable para cualquier invidente. Sin embargo, escasos segundos después de entrar en el establecimiento, Sofía soltó mi mano y comenzó a recorrer hábilmente los pasillos, ayudada sólo por sus brazos extendidos que, de manera muy esporádica rozaban las estanterías con elegancia…
Mi estupefacción debía de notarse en mi cara; Christian no pudo hacer otra cosa que romper el silencio que le acompañaba desde el autobús para explicarme el ‘por qué’ de esa actuación estelar de su hermana.
―Le encanta venir aquí ―Me dijo―. Siempre me pide que la acompañe.
―Supongo… ―Balbuceé, muy confuso― que este sitio le transmite muchas sensaciones...
―Desde luego ―Afirmó Christian, en un intento pueril de que su sonrisa no pareciera una burla―. Ven, seguramente estará en las cajas.
Ambos proseguimos la marcha a paso ligero hasta que llegamos al otro extremo del establecimiento…
…Porque allí estaba ella, hablando con una sonriente dependienta mientras sujetaba un gran ramo de claveles entre sus manos suaves y delicadas y...
―Ryan, cuánto habéis tardado ―Me dijo, haciéndome tragar con fuerza―. Quiero presentarte a Sophie. Es una muy buena amiga mía, además de tocaya.
―Encantado ―Respondí, protocolariamente sonriente, mientras le tendía mi mano palidecida a la dependienta.
―Así que este es el nuevo novio de nuestra princesita traviesa... ―Afirmó Sophie, haciendo saltar en mi interior un gesto de exclamación semejante a “¡Op!”.
―No, bueno, de momento sólo somos amigos ―Corrigió Sofía, y yo corroboré su respuesta con un gesto afirmativo lleno de espasmos nerviosos casi imperceptibles desde fuera.
―Vaya, perdona Ryan ―Rectificó la dependienta.
―Tranquila... No supone ningún insulto para mí que…, bueno, eso, que…
―Te entiendo, te entiendo ―Me interrumpió Sophie, haciendo enrojecer las mejillas tiernas de Sofía al mismo tiempo que mi lengua se reajustaba hacia su lugar, adolorida por el esfuerzo que me supuso hablar en esa situación.
―Bueno Sophie, aquí tienes el dinero ―Reinició Sofía, tras dejar un par de billetes sobre el mostrador―. Supongo que pasaré por aquí la semana que viene, ¿vale?
―Claro, como siempre ―Concluyó la dependienta, mientras los tres emprendíamos el breve recorrido para salir del enorme establecimiento que, de una manera, a mi juicio ingeniosa, tenía la entrada por un lado y la salida por el otro.
Sofía me explicó que solía visitar esa tienda una vez por semana para comprar todo tipo de flores que adornaran su habitación. Me dijo también que, desde que fue consciente de que ya no iba a volver a ver ‘cosas hermosas que la hicieran feliz’, había empezado a ‘conformarse’ con olerlas a todas horas.
Y de esta manera seguimos andando por la avenida principal de la ciudad, cogidos de la mano como si Christian no estuviera con nosotros, como si nadie de por allí nos estuviera mirando ―cuando de hecho era al contrario, igual que en el autobús―… y este fue el segundo matiz que observé mientras caminaba por allí con Sofía; que la gente no nos observaba con el típico gesto de asombro que se esboza cuando se observa a una pareja peculiar andando por la calle…
…La gente me miraba a mí… y parecía sentir pesar por mí… y Christian parecía sentirse indignado con su hermana.
Eso no me gustaba.
Pero el final de aquel día estaba llamado a ser algo más que redondo; todo aquello había adquirido otras dimensiones y había pasado a ser esférico, emocionalmente hablando.
Cuando el autobús nos llevó de nuevo hasta la zona residencial, los tres nos bajamos en la misma parada en que nos había recogido ―realmente en la acera contraria, que estaba enfrente de nuestras dos casas―. Christian se despidió austeramente, sólo me dio la mano y se volvió hacia su puerta sin decir adiós ni hacerme sentir la necesidad de aclarar algún asunto con él.
―Ha sido un día fantástico ―Musitó Sofía, mientras yo aún veía a su hermano marcharse.
―Sí, no ha estado mal ―Respondí, apremiado por una sonrisa del hermoso rostro que ahora se recostaba en mi pecho.
Y sólo de esa manera, sin necesidad de nada más, el momento estaba resultando extraordinario…, estaba siendo algo tan irreal para mí, algo tan imposible de imaginar hacía tan sólo dos días.
”Hace tan sólo dos días”, repetía mi conciencia, pero siempre al mismo tiempo en que Sofía acallaba mi fuero interno con un suspiro y una caricia a un pétalo de cualquiera de sus claveles.
Yo, por mi parte ―o lo que quedaba de mí―, podía sentir en la espalda una mirada aterradora clavada. La típica secuencia de película en la que dos protagonistas se ‘regocijan’ juntos, ajenos al peligro que acecha desde la altura; pero en este caso yo lo vi. Mi madre estaba de pie junto a su ventana, en mitad de una estupefacción típica de ella y con una taza en su mano. Estrella también estaba…
…Las dos vieron como Sofía me besaba por primera vez bajo la luz tenue de una luna llena recién nacida de las sombras de otra aurora muerta en algún lugar lejano del mundo.